miércoles, 21 de mayo de 2014

El amor viaja solo

En la noche, un momento,
tú llamabas a la puerta.
- Pasa, no te quedes fuera.
- Sólo si me das dos besos.

Te puse una copa, 

tu guardabas silencio.
Te pregunté algunas cosas,
siempre respondías con miedo.

No dejaba de mirarte, 
tu mirabas al suelo.
Comenzaba a enborracharme,
qué pronto pasó el tiempo.

Y después de aquella noche,
no tardamos en vernos,
y el que miente, algo esconde,
lo que esconde, lo lleva dentro.

Todos me decían ¿qué pasa?
¿por qué dejas cabos sueltos?
con estar así, ¿qué ganas?
Sólo espero un buen momento.

Y lo que era un capricho 
pasó a ser algo serio.
Yo quería estar contigo,
pero me paraba el miedo

Y al fin una noche solos,
traté de decir "te quiero".
Lo intenté y no supe cómo,
tú paraste mi intento.

Y ahora que estoy solo,
sólo me queda el recuerdo.
Sé que fui un tonto,
por no decir "te quiero".

Sólo quiero estar contigo,
quiero que no sea un sueño
el que seamos más que amigos,
para nadie es ya un secreto.

Ahora sé que he cambiado,
ahora sé que puedo
estar siempre a tu lado
y hacerte feliz todo el tiempo.

Y ahora que estoy solo,
sólo me queda el recuerdo.
Sé que fui un tonto,
por no decir "te quiero".

martes, 13 de mayo de 2014

Ponferrada

Duele tanto, a veces, recordar,
los momentos que vivimos,
aquellos que dejamos atrás,
esos que se alejan mas y mas.
La tierra donde crecimos,
los amigos que conocimos
y no veremos jamás.

Las tardes de verano al sol,
los paseos de la mano
que acabaron en amor.
Mi destino me llevó
lejos de los templarios,
de tus montes y tus prados,
de la campana de tu reloj.

Fue pasando el tiempo
en su lento discurrir
y ahora te siento lejos,
ahora es cuando recuerdo
todo lo que en tu seno viví
lo que a tu lado sentí,
eres mi único puerto.

Aquella Virgen morena
que vieron en una Encina,
sigue encerrada en su iglesia,
de la que tanto se espera,
que a ninguno nos olvida
ni olvidará mientras exista.
Ojalá volviera a verla…

Tu castillo aún sigue en pié
sufriendo el paso de los años,
sus muros hoy son papel
que se niega a desaparecer,
y recuerda a los enamorados
que un día le contaron
que no se querían perder.

A tu salida sigue aquel monte
carbón que quiso se parque
con árboles y mil flores
que su historia esconden
y hoy de tu historia ya es parte
de aquel tiempo en que quiso darte
diamantes que quedaron en carbones.

La plaza de las bodegas
celebrando su Navidad
rodeada de cortos y cervezas,
de jóvenes y sus borracheras.
En el centro de ti encontrarás,
junto a tu iglesia, a sus puertas,
mis recuerdos de esa época.

Aún suena aquel viejo reloj,
en el último resto de tu muralla,
aún late su cansado corazón,
forjado en un tiempo mejor.
En la torre la campana,
sigue soñando con las mañanas
en las que decía que salía el sol.

En mi memoria aquel parque,
allí descubrí el amor,
ojalá puedas acordarte…
Para mi fue muy importante,
late distinto mi corazón
desde el día que se enamoró,
para que contarte, ya lo sabes.


Las lágrimas me dejaron ciego
tu eras mi compañera,
mi amiga, mi consuelo,
en aquellos tristes momentos.
Oía tu voz con pena
que decía: ‘no llores por ella’,
con los susurros del viento.

En mi memoria aún quedan
tus calles y tus parques,
tus casas hechas en piedra,
tus bajadas y tus cuestas.
Las frías mañanas en clase,
pensando en escaparme
para sentirte mas cerca.

A nadie podré amar como a ti,
lo que tengo llegaría a darte
si me lo quisieras pedir,
así podría darte algo, que nada di.
Tu fuiste el juez y gran parte
de mi vida y lograste
que hoy yo sea feliz.

Quisiera poder dar un paseo
por el cielo para aprender
a decirte lo que te quiero.
Es imposible, no puedo
correr por el cielo sin red,
ni encontrar un poeta bajo piel
que cuente lo que por ti siento.

Ahora que te siento tan lejos
me dan ganas de dejar todo.
Sin ti me estoy muriendo
sin ti es que me pierdo.
Lejos me siento tan sólo,
que me estoy volviendo loco
por quererte como te quiero.

Dulce presencia

Duerme en silencio,
si tu la ves,
algo te quema por dentro.

Ángel cuando duerme,
de tanto mirarla,
los ojos duelen.

Mil caricias, mil gestos,
sus ojos mariposas,
batiendo alas al viento.

Una luz ilumina el cielo
si su sonrisa
es tuya por un momento.

Sólo compararla con otra
es un desprecio,
la perfección no tiene copias.

No he conocido nunca
a nadie como ella,
mi vida ya es sólo suya.

En el cielo mil estrellas
y entre todas la más bella
lleva su nombre en su estela.

A su lado no hay noches,
es eterno el día,
si ella no se esconde.
Una flor de primavera
nació con ella y trajo
una caricia eterna.

Las gotas del rocío reflejan,
que ella en realidad
es casi una princesa.

Se empeña en negarlo,
pero el paraíso
está a su lado.

Su vacío es la tristeza
de perderla para siempre
de no tener su presencia.

Echarla de menos
es vivir por ella,
aferrado a su recuerdo.

Lo normal es quererla,
sin poder evitarlo
cuando la sientes cerca.

En el cielo una estrella
dejó para ella un hueco,
al verla se quedó ciega.

En el cielo mil estrellas
y entre todas es la más bella,
mi corazón es para ella.

El beso de Venus

Habían pasado casi cinco años desde que había hecho las maletas por primera vez, dejando atrás familia y amigos. Ellos estuvieron a mi lado mientras me enfrentaba a un nuevo reto en mi vida, la universidad, aceptando de mejor o peor grado las migajas que quedaban de mí para ellos. A lo largo de los años, el tiempo me fue cambiando, pero nunca desanimé en el empeño, ni siquiera tras aquel cuatro y medio en álgebra, que tanto me dolió. Ni los empachos de libros y apuntes las semanas antes de los exámenes, casi sin comer, casi sin dormir, con los nervios a flor de piel. Decían mis compañeros que en exámenes era todavía más insoportable que de costumbre. Pasaba todo el curso viviendo de noche, sin ir a clase, pero llegaba enero y me volcaba por completo en los estudios. Acudía a los exámenes con las ojeras reveladoras de una noche sin dormir y con un par de whiskies en el cuerpo, fuera la hora del día que fuera. Todos veían en mi cara de suspenso a la salida, pero a la hora de ver publicadas las notas, junto a mi nombre, casi siempre aparecía una buena puntuación.

Por fin podía haber acabado todo. Aquel veinticuatro de junio podría haber sido un día como cualquier otro, pero acababa de hacer un examen, mi último examen, tal vez. Después de cruzar las palabras de rigor con mis compañeros tomé lentamente el camino de mi casa. Según avanzaba, comencé a notar un poco de nostalgia, después de todo, en la universidad era alguien importante, la gente me conocía por los pasillos, pero a partir de la semana siguiente, iba a ser todo distinto. Empezaba a trabajar en Madrid, una ciudad completamente desconocida para mí, donde nadie, o al menos yo, conocía a nadie y a nadie le importa mi vida. Llegué con más cansancio de lo acostumbrado a mi habitación y el mundo pareció caer con todo su peso sobre mis hombros. Si el camino de la facultad a casa fue pensativo, no cambió mucho en cuanto me dejé caer sobre la cama. Sentí un enorme vacío. Llegaba el momento de volver a despedirse de la gente, de volver a conocer nuevas caras y cambiar lo cotidiano por algo completamente nuevo. Agobio... una palabra que nunca supe definir, pero que en ese momento, creo, llegué a sentir.

Casi sin darme cuenta, había vuelto una tristeza que no sentía desde mucho años atrás, en el entierro de mi madre. Estaba empezando a sentir como me hundía sobre mi cama y las paredes parecían encerrarme poco a poco en aquel diminuto cuarto, cuando el martilleo del teléfono me hizo volver al mundo.

- Esta noche hay que celebrarlo.
- ¿Qué quieres celebrar?
- Pues que tú, te vas y yo... me iré dentro de algunos años.

Hugo empezó conmigo, pero algunas asignaturas, le habían hecho ir casi dos curso por detrás. Sabía que esa noche iba a pasar por un estado de ánimo similar al que sentía. Después de cinco años, nos conocíamos bastante bien, sobre todo él a mí. Cuando llegase la noche, la soledad sería el peor enemigo con el que podía encontrarme y la propuesta, no era del todo mala. Unas copas, buena música y los amigos de siempre, de la facultada, de fiestas, ex-novios y ex-novias.

Salí de casa hacia las once con una falsa sonrisa de felicidad, de negro por fuera y por dentro. No llevaba conmigo el ánimo propio de fiesta, pero entre todos lograron animarme en la medida de lo posible. Las primeras horas pasaron lentas, entre humo, miedo a despedidas y vasos que parecían no querer vaciarse. Carla ya sabía que había terminado derecho y se aferraba a los brazos de Jorge, que se tendría que quedar por lo menos un año más por aquellas calles y rodeado de aquellos muros en los que tanto habían vivido. Marta y Fernando seguían con su fuego cruzado, al amparo de la complicidad del resto, que sabíamos que era mentira. Durante años, prácticamente se odiaron, pero desde que Hugo y ella dejaron de salir juntos, estaban algo más que unidos. Al principio, Marta lo pasó bastante mal, después de tres años había dejado a un lado todos sus amigos, para integrarse en nuestro grupo, que era el de Hugo, no el suyo. Iba de niña bien, siempre con ropa de marca y gastando cantidades ingentes cada noche, por lo que nos cayó bastante mal a todos salvo Fernando. A él siempre le gustó Marta, pero Hugo era su mejor amigo y no podía hacerle eso, así que esperó bastante tiempo hasta acercarse a ella. Ya habían pasado cinco meses desde que se habían separado, pero todavía no daban ninguna muestra pública de lo que pasaba cuando los demás no estábamos, aunque todos lo sabíamos.

A Elisa ya la habíamos perdido para toda la noche. Como solía ser su costumbre, estaba ligando con el camarero, tal vez para no pagar las copas durante los días que le quedaban hasta volver a Cáceres tras su último examen. Quedábamos Hugo y yo, cada uno con su cruz y sus motivos para no sonreír. Él porque se tenía que quedar algunos años más y yo porque debía irme. La conversación no era muy fluida, casi evitando pronunciar las palabras, manteníamos una conversación sobre lo que ya eran recuerdos de un tiempo mejor que estaba en sus últimos momentos.

Eran algo más de las cuatro y ya llevábamos cuatro copas cada uno, cuando Hugo comenzó a sentirse un poco mareado por el alcohol. Él quería salir a tomar el aire y yo deseaba irme de allí. No soportaba ver a tanta parejita empalagosa junta, ignorándonos. Sin que nadie se diera cuenta nos fuimos de allí, camino de la cita de cada noche en la Mansión. Al poco de cruzar la puerta, casi llegamos a arrepentirnos y habríamos dado la vuelta de no estar Miriam tras la barra. La pista estaba vacía y entre las dos barras, apenas había una decena de personas celebrando sus notas o tratando de olvidarlas con alcohol. Sin dejarnos decir una sola palabra, teníamos dos copas de whisky frente a nosotros. La visita a Miriam no duró mucho, apenas una media hora, lo que tardamos en acabar con la copa y lo que tardé en alcanzar una fase avanzada de somnolencia. Al salir por la puerta, me habría ido a dormir, pero Hugo me convenció para tomar una última copa aquella noche, con la excusa de que tardaríamos mucho en tener otra ocasión así. Nos dirigíamos sin rumbo fijo en busca de algún sitio abierto en el que a ser posible, no fuéramos los únicos.

- ¿Tu estás loco? ¿Sabbat?
- No los pasaremos bien, seguro que encontramos alguna víctima.
- El camarero me odia...
La música esta a un volumen casi ensordecedor, las palabras sonaban en murmullo indescifrable y el camarero seguía odiándome. Cualquier otra noche, lo hubiera ignorado, pero tal vez por la cercanía en el tiempo de los exámenes estaba irascible en exceso y no puede reprimir unos cuantos insultos, caro está, después de tener mi copa en la mano. Fuimos avanzando entre la gente, haciéndonos sitio entre empujones tratando de evitar derramar nuestras bebidas, intentando encontrar un lugar menos poblado. En el centro de la pequeña pista rectangular, se abría un gran hueco. Casi por inercia nos colamos hasta la primera fila para comprobar lo que causaba tal expectación. En medio de tanta gente, estaba una chica morena, de piel extremadamente pálida y una minúscula falda que apenas si lograba alcanzar sus muslos. Aparentaba alrededor de veinte años y parecía estar acostumbrada a provocar aquella actitud entre la gente.

- ¿Quién es?
- Se llama Ana, de profesión niña de papá.

Hugo siempre ha sido un tanto cotilla y normalmente está al tanto de todo lo que le sucede a todo el mundo. Cuando se le pregunta por alguien, suele tener bastante información y la cuenta. Si no sabe nada o si conoce poco de la persona por la que es interrogado, suele salir con frases que aluden a la imagen que aparenta. No debía conocer mucho a Ana y tal vez por eso la calificó de niña de papá. Nunca he conocido con exactitud el límite entre ser niño de papá y ser solamente un poco consentido, pero en cualquier caso, supongo que si algún día tengo hijos, los malcriaré todo lo que pueda. Ana se movía con total naturalidad, bailando para ella misma, como si no existiera nadie más, convirtiendo las decenas de ojos en un elemento decorativo más. Miré a un lado u otro del círculo, perfectamente marcado, como si todos estuviéramos al borde de una infranqueable línea. Algunos hablaban entre sí, sin apartar la vista de ella, otros, los más, simplemente contemplaban casi boquiabiertos el espectáculo.

Durante unos instantes, ella dejó de mirar al infinito, para fijarse en alguno de los rostros que la contemplaban. Volvió a hacerlo repetidas veces, en todas las direcciones, como si estuviera buscando a alguien, aunque sin saber dónde estaba o siquiera si estaría entre nosotros. Su vista en su recorrido, se paró en mi. Después de fijarse de nuevo en un punto que estaba fuera del alcance de cualquiera de nosotros, volvió a posar sobre mí su mirada. En ese momento, no pude distinguir el color, pero sus ojos, claros en cualquier caso, despedían un brillo especial, que estaba acorde con la belleza del resto de su cuerpo.

Dejó de moverse y se encaminó hacia el lugar en el que estábamos Hugo y yo. A nuestra espalda, estaba la barra y por inercia me aparté, abriendo la puerta a un pasillo que comenzaba en mi. Siguió andando, marcando el balanceo de sus caderas. Se paró ante mi y un susurro salió de sus labios mientras me cogía la mano.

- Baila conmigo.

Quise oponerme, pero las piernas parecían no tener comunicación con mi cerebro y siguieron las suyas. Al llegar al centro del círculo, la atención de todos pasé a ser yo. Oía voces de fondo que preguntaban quién era, si nos conocíamos de algo, porqué me había escogido a mi... Pasaron varios minutos hasta que logré sacudirme la timidez y comencé a seguir, lo mejor que pude, sus movimientos frenéticos. No sé cuanto tiempo estuvimos bailando en medio de aquel círculo invisible, que poco a poco, se fue deshaciendo. Perdí la noción del tiempo, de dónde estaba e incluso de quienes éramos. También había perdido de vista Hugo. Hubo un momento en el que el cansancio casi me impedía seguir bailando e incluso, parar. Tenía miedo de caerme si lo intentaba. En medio del mareo, provocado por una incipiente borrachera y tanto movimiento, nos acercamos a la barra y tomamos una copa. La penúltima dijo Ana, la última es en mi casa.

La noche terminó al amanecer, cuando ya no podíamos sacar más energía de nuestros cuerpos, entre intentos desesperados de prolongar un instante más el momento. Varias horas después, volví a sentir la luz del día que me hizo despertar. Junto a mí, seguía dormida Ana. En sueños, su belleza era aún mayor que despierta, era ese tipo de mujer que colma los sueños de cualquiera. Aparté el pelo de su cara y la caricia hizo que se despertara. Abrió sus ojos aún somnolientos, de un verde inolvidable, su rostro, se iluminó con una sonrisa.

- ¿Sabes? aunque no lo creas, para mi ha sido la primera vez.
- Para mí también.
- Me he sentido mejor que nunca... - sonrió de nuevo, dejando un intervalo en el que seguramente esperaba oír una respuesta similar de mis labios, que no fui capaz de utilizar -. Aún no sé tu nombre.
- Raquel, me llamo Raquel.